EL DUEÑO DE TUS ACTOS
“…Vi a Yeshua cruzar por el frente de casa con sus seguidores, la noche
estaba iluminada con luna llena y entonces me sumé al grupo, alguien les había
invitado a cenar. Al entrar, quedé envuelto en ese olor tan particular que
emana de algún sitio. Descubrí que el dueño de casa humedecía la madera de
sándalo de un mueble con agua tibia a manera de lustre, solo con intención de
provocar que su particular fragancia se pegue en la ropa de cualquiera. El
hombre lo había comprado a unos mercaderes ismaelitas que llegaban como cada comienzo
de verano ofreciendo sus baratijas exóticas. De tanto en tanto el fariseo, también
comerciante, solía adquirir de ellos los mejores utensilios y aretes traídos de
Egipto, para luego revenderlos. El
bullicio del lugar, de quienes hablaban entre ellos se volvía inentendible,
además de que algunos como si esto fuese poco, lo hacían en un tipo de dialecto
lo cual era un murmullo sin interés. Cuando
Yeshua habló, todo paso a ser secundario y vano. Personalmente mis
pensamientos se treparon a lo más escalado de mis argumentos y allí quedaron,
sumisos y obedientes a su palabra. Yo solo era uno más, y no sé cómo fue que
nadie preguntó sobre quién era yo y así quedé entre ellos. Yeshua
detuvo el tiempo y las acciones reales, tangibles, como quien tiene poder para
hacerlo sin esfuerzo. Entonces comprendí que algo había en su mirada y en su
manera de hablar, que en este acto, el, detuvo el tiempo con autoridad y yo, no
podía articular ni una palabra. Todo parecía indicar que el hombre más famoso e
inquietante que jamás haya estado en esta pequeña aldea, habría de silenciar a
quienes preparaban la cena, con esta indagatoria. El anfitrión, nervioso,
vaciló frotándose la barba pensando si tal vez como buen comerciante, haya sido
este el peor negocio de su vida, el de haber invitado a un rabino a comer a su
mesa. Ha pasado más de una semana de esto y Simón,
el Fariseo, me cruzó en la feria del mercado porque me reconoció y quiso hablar
conmigo.
─ ¡Muchacho!, ven aquí… ¡te conozco!, lo
supe cuando te vi, estabas aquella noche en mi casa con los discípulos de Yeshua ¿verdad?, escucha bien esto…quiero
que sepas que…no es usual en mí, invitar a ningún personaje que pueda ser
importante para otros. No soy de los que se dejan seducir fácilmente por alguna
personalidad que se ha puesto de moda. Solo quise ser cortés con él y sus
seguidores; nada más─ Detuvo el dialogo y
esperó unos segundo para continuar, luego suspiró mirando de lado ─ En
verdad lo hice porque él es diferente, el es…como la esperanza del moribundo que
despierta a un nuevo día. Es el trueno contenido en el pecho del valiente, es…quedar
atrapado en el ojo del huracán y desear que nunca cese la experiencia. Tan
convencido de esto que una paradoja de mi invención me había cegado de asentir que sea un profeta,
aunque no parezca, creo que lo es, por lo menos para unos muchos, y es por eso
que ahora pienso diferente, pero nadie lo debe saber. Es que tan hábilmente me
llevo a enredarme en mis propios principios, el de admitir que a quien mucho
ama, mucho se le perdona. Porque luego de marcharse de mi hogar, quedó en el
aire, algo sobrenatural ¿puedes creerlo? fue tan avasallante que no pude
reaccionar cuando me arengo con ternura, con palabras que jamás alguien me
había hablado, solo para decirme:
“Simón…─
dándome
la espalda ─ “¿Ves esta mujer?, ella me
ha tratado diferente a todos ustedes, ella tuvo cuidado de mi persona, soy tan
importante para su vida que ha mojado mis pies con sus lagrimas. Ha besado mis
pies y los ha ungido con un bello perfume. Porque me ama mucho, y alguien que
ama así, merece ser perdonada”.
Lo
admito, luego que él se fue, aquellos que rodeaban la mesa, no volvieron a
hablarme. Porque soy fariseo y no puedo amar tanto así porque si. Ni compararme
con esa mujer que entro allí, porque es pecadora y no puedo permitir que una
simple cena altere el orden de mi vida. Seguramente este maestro solo quiso ser
cortes con alguien, Yeshua de Nazaret
había entrado aquella noche a mi casa, solo para mostrarme que nada de lo que
hice para agasajarlo era lo que él esperaba de mí.
“¿Ves esta mujer?...yo la perdono por su fe” fue lo que dijo
y luego se marchó. ¿Ella?...ella
estaba diferente a cuando llego...lloraba, sí, pero como las que lloran de
alegría.
Simón, no dijo más nada, regresó
cabizbajo por donde vino y hablando solo entre la gente que busca alimento en el mercado y el griterío de los vendedores
que presumen tener el mejor producto fresco. Yo me detuve un momento mientras seguía
recordando cómo fue aquella noche en casa del Fariseo; el momento en que mi
hermana entro al lugar donde estaba el nazareno y al verla postrarse ante él,
quedé paralizado, no podía creer que estuviera allí y además, en su sano juicio.
Jamás hubiera imaginado que el costoso alabastro que nuestro padre le regalo la
noche que se fue, lo derramaría para él, una fragancia más deliciosa que el
sándalo. Pero fue que todo cambio, cuando juzgaron sus lagrimas; Yeshua de Nazaret puesto en pie habló y
el lugar se inundo de su presencia: “Tu fe te ha salvado mujer, ve en paz”, eso
fue lo que le dijo a mi hermana, lo escuché perfectamente.
Basado en el Evangelio según San Lucas 7:36-50 RV60
Tomado del libro: “Antes que
llegue el invierno”
Autor: David Fernández- Copyright-2026

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