sábado, 7 de marzo de 2026

EL DUEÑO DE TUS ACTOS

 


EL DUEÑO DE TUS ACTOS 

“…Vi a Yeshua cruzar por el frente de casa con sus seguidores, la noche estaba iluminada con luna llena y entonces me sumé al grupo, alguien les había invitado a cenar. Al entrar, quedé envuelto en ese olor tan particular que emana de algún sitio. Descubrí que el dueño de casa humedecía la madera de sándalo de un mueble con agua tibia a manera de lustre, solo con intención de provocar que su particular fragancia se pegue en la ropa de cualquiera. El hombre lo había comprado a unos mercaderes ismaelitas que llegaban como cada comienzo de verano ofreciendo sus baratijas exóticas. De tanto en tanto el fariseo, también comerciante, solía adquirir de ellos los mejores utensilios y aretes traídos de Egipto, para luego  revenderlos. El bullicio del lugar, de quienes hablaban entre ellos se volvía inentendible, además de que algunos como si esto fuese poco, lo hacían en un tipo de dialecto lo cual era un murmullo sin interés. Cuando Yeshua habló, todo paso a ser secundario y vano. Personalmente mis pensamientos se treparon a lo más escalado de mis argumentos y allí quedaron, sumisos y obedientes a su palabra. Yo solo era uno más, y no sé cómo fue que nadie preguntó sobre quién era yo y así quedé entre ellos.  Yeshua detuvo el tiempo y las acciones reales, tangibles, como quien tiene poder para hacerlo sin esfuerzo. Entonces comprendí que algo había en su mirada y en su manera de hablar, que en este acto, el, detuvo el tiempo con autoridad y yo, no podía articular ni una palabra. Todo parecía indicar que el hombre más famoso e inquietante que jamás haya estado en esta pequeña aldea, habría de silenciar a quienes preparaban la cena, con esta indagatoria. El anfitrión, nervioso, vaciló frotándose la barba pensando si tal vez como buen comerciante, haya sido este el peor negocio de su vida, el de haber invitado a un rabino a comer a su mesa.                                                          Ha pasado más de una semana de esto y Simón, el Fariseo, me cruzó en la feria del mercado porque me reconoció y quiso hablar conmigo.

      ─ ¡Muchacho!, ven aquí… ¡te conozco!, lo supe cuando te vi, estabas aquella noche en mi casa con los discípulos de Yeshua ¿verdad?, escucha bien esto…quiero que sepas que…no es usual en mí, invitar a ningún personaje que pueda ser importante para otros. No soy de los que se dejan seducir fácilmente por alguna personalidad que se ha puesto de moda. Solo quise ser cortés con él y sus seguidores; nada más─ Detuvo el dialogo y esperó unos segundo para continuar, luego suspiró mirando de lado ─ En verdad lo hice porque él es diferente, el es…como la esperanza del moribundo que despierta a un nuevo día. Es el trueno contenido en el pecho del valiente, es…quedar atrapado en el ojo del huracán y desear que nunca cese la experiencia. Tan convencido de esto que una paradoja de mi invención  me había cegado de asentir que sea un profeta, aunque no parezca, creo que lo es, por lo menos para unos muchos, y es por eso que ahora pienso diferente, pero nadie lo debe saber. Es que tan hábilmente me llevo a enredarme en mis propios principios, el de admitir que a quien mucho ama, mucho se le perdona. Porque luego de marcharse de mi hogar, quedó en el aire, algo sobrenatural ¿puedes creerlo? fue tan avasallante que no pude reaccionar cuando me arengo con ternura, con palabras que jamás alguien me había  hablado, solo para decirme:

    “Simón…dándome la espalda ─ “¿Ves esta mujer?, ella me ha tratado diferente a todos ustedes, ella tuvo cuidado de mi persona, soy tan importante para su vida que ha mojado mis pies con sus lagrimas. Ha besado mis pies y los ha ungido con un bello perfume. Porque me ama mucho, y alguien que ama así, merece ser perdonada”.

Lo admito, luego que él se fue, aquellos que rodeaban la mesa, no volvieron a hablarme. Porque soy fariseo y no puedo amar tanto así porque si. Ni compararme con esa mujer que entro allí, porque es pecadora y no puedo permitir que una simple cena altere el orden de mi vida. Seguramente este maestro solo quiso ser cortes con alguien, Yeshua de Nazaret había entrado aquella noche a mi  casa, solo para mostrarme que nada de lo que hice para agasajarlo era lo que él esperaba de mí.

“¿Ves esta mujer?...yo la perdono por su fe” fue lo que dijo y luego se marchó.        ¿Ella?...ella estaba diferente a cuando llego...lloraba, sí, pero como las que lloran de alegría.

Simón, no dijo más nada, regresó cabizbajo por donde vino y hablando solo entre la gente que busca  alimento en el mercado y el griterío de los vendedores que presumen tener el mejor producto fresco. Yo me detuve un momento mientras seguía recordando cómo fue aquella noche en casa del Fariseo; el momento en que mi hermana entro al lugar donde estaba el nazareno y al verla postrarse ante él, quedé paralizado, no podía creer que estuviera allí y además, en su sano juicio. Jamás hubiera imaginado que el costoso alabastro que nuestro padre le regalo la noche que se fue, lo derramaría para él, una fragancia más deliciosa que el sándalo. Pero fue que todo cambio, cuando juzgaron sus lagrimas; Yeshua de Nazaret puesto en pie habló y el lugar se inundo de su presencia: “Tu fe te ha salvado mujer, ve en paz”, eso fue lo que le dijo a mi hermana, lo escuché perfectamente.

 

Basado en el Evangelio según  San Lucas 7:36-50 RV60

 

Tomado del libro: “Antes que llegue el invierno”

Autor: David Fernández- Copyright-2026

 

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